El Carrusel Bloguero de este mes, orquestado por Athal Bert en su Laboratorio Friki, va sobre Mis monstruos. Los de cada cual, vaya, no solo los míos. Una cosa que no suele faltar en los juegos de rol, que siendo mayoría de fantasía, nutren sus aventuras de bichos, criaturas, monstruosidades y aberraciones.
Podría dedicar tiempo a explicar cómo creo mis criaturas, pero el mismo Athal Bert tiene una manera de proceder tan similar que sentiría que le copio el artículo. Así que voy a hablar de otra cosa que no es menos importante: por qué creo mis propios monstruos.
¿Y por qué lo hago? Pues después de mucho analizar la posible respuesta, la cosa no es complicada: porque soy un vago envidioso. Es habitual que tenga tan clara la situación que persigo que, salvo que el que encaje sea un bicho que ya conozca, buscar uno que encaje perfecto me resulta un esfuerzo importante. Al final creo mis monstruos porque soy tan vago que me cuesta menos inventarme un bicho que buscarlo en los manuales.
El otro motivo podría decir que es la sorpresa a los jugadores. Me gusta que las partidas sean memorables y la marca que deja algo es inversamente proporcional a cuánto sale. Uno de los motivos por los que la aparición de un dragón, un antediluviano, o un dios primigenio, es tan impactante es porque ocurre poco. Si un monstruo determinado aparece mucho se banaliza y lo acabas quemando, con lo que al final los jugadores lo ve como atrezzo o un trámite, así que soy partidario de racionar bien las apariciones de las criaturas (tanto más cuanto más poderosa sea).
Pero, como decía, la principal y triste realidad es que soy un envidioso de la peor especie: bicho molón que veo, bicho que quiero usar. Da igual si es en una película, un videojuego o una novela; si me mola termina apareciendo en una aventura.
Tengo un largo historial con esto aquí mismo. Los K’n-Yan del relato El túmulo de Lovecraft, que adapté a La Llamada de Cthulhu, claro. Los bioraptors de Pitch Black, que se convirtieron en mis cazadores espectrales de Fading Suns. La pestilencia que camina por las tinieblas, que es del relato Negotium Perambulans de E. F. Benson, y se convirtió en un bicho para Aventuras en la Marca del Este. O las criaturas de la película The Descent, que también acabaron en la Marca del Este como los carroñeros blancos. Por no hablar de las docenas de tipos de zombies que adapté en Zombie All Flesh Must Be Eaten.
Los extremos a los que llega mi envidia por los monstruos seguramente sólo sea superada por mi obsesión con crear listas de armas kilométricas. Hay por ahí una con cerca de 150 armas para el viejo Mundo de Tinieblas que debería recuperar.
De todas formas tengo un montón de buenos recuerdos relacionados con criaturas “canon” de cada juego y las situaciones que se dieron alrededor. Como nunca dejaré de repetir este blog nació con mucha carga nostálgica y por eso voy a torturaros con una anécdota de otra época.
La primera ocurrió siendo yo jugador de MERP y creo que antes de dedicarme a dirigir. Mi personaje estrella, Orchilla, aprovechó la velocidad de su meara (y yo ciertas lagunas del reglamento) para hacer lo que ya escribí aquí (así lo leeis si queréis y si no, pues no).
La segunda anécdota, ésta inédita aquí, está relacionada con cierto mago muy poderoso hermético gnomo (un subtipo metahumano de los enanos). El susodicho pertenecía a un grupito de runners acostumbrado a enfrentarse a los retos más complicados y que recibió la típica misión de recuperar datos de un ordenador offline en casa de un elfo rico. Una misión típica pero con una vuelta de tuerca, porque al tipo le gustaba «coleccionar» animales despertados vivos. La mansión parecía un zoológico de los horrores con todo lleno de barghests, arpías, un wendigo e incluso, como joya de la corona, un kraken.
Se podría decir que la curiosidad mató al gato, si el gato fuera un gnomo. En medio de la incursión el poderoso mago optó por atravesar la zona con un cartelito de «CUIDADO CON EL KRAKEN». Yo y mi sentido del humor. Se asomó a la piscina y chapoteó. Ni qué decir que fue amor a primera vista. El kraken sacó su cabecita, vio al tierno y adorable muy poderoso mago gnomo, lo abrazó, aún a pesar de que aquel pretendía hacerse el estrecho, y triunfó la pasión. O tal vez fueran los 20 dados de Fuerza del Kraken contra los 4 del gnomo. Tras eso los dos se sumergieron en lo más profundo de la inmensa piscina y fueron felices y comieron… lo más seguro que no eran perdices. Pero fue muy divertido. Eso le pasa por irse por los cerros de Úbeda.


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