Desafío 30d, día 18: El juego al que nunca he jugador y al que me gustaría jugar

En ese caso estaríamos hablando de uno de mis juegos preferidos: Shadowrun. Juego que me encanta en todos los sentidos y que jamás he tenido la oportunidad de “jugar como jugador”, ya que siempre he tenido que trabajarlo como DJ.

Otros a los que nunca he llegado a jugar y que me habría gustado mucho (todavía se puede dar el caso, que parece que alguno está en pleno renacer ahora) podrían ser Aquelarre (tuve un conato hace muchos años, pero se quedó en agua de borrajas), Mutantes en la Sombra (tres cuartos de lo mismo, incluso tuve la edición G2 en las manos, porque se lo compró alguien de mi grupo de juego original, pero al final nada de nada) y Rogue Trader.

Descripción de un Auto de Fe de la Inquisición española

Localizado en un libro de historia que tenía a la mano he encontrado una descripción de la época de un Auto de Fe, acaecido en Madrid el 30 de junio de 1680. A pesar de lo sencillos que parecían ser los actos públicos de la Inquisición inicial (hablando de la Inquisición española, no la de otras naciones ni de la primitiva Inquisición medieval), estos acabaron convertidos en espectáculos multitudinarios (aunque escasos) en los que se demostraba todo el poder de la entidad.

Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid, Francisco Rizi, 1683.
Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid, Francisco Rizi, 1683.

Me parece algo muy interesante, tanto por su aspecto histórico en sí como por la ayuda que puede suponer para detallar el trasfondo de un juego tan histórico como herético que es Aquelarre (y puede que con más puntería en su ambientación de Villa y Corte) o, ya puestos, para dar color a cualquier otro juego histórico o inspirar escenas de fantasía, ya que supone una descripción pormenorizada de cómo se llevaba a cabo. Juzgad vosotros mismos.

Una tribuna de cincuenta pies de longitud fue erigida en la plaza, siendo levantada a la altura del balcón en el que había de sentarse el Rey. Al final, y a lo largo de toda la anchura de la tribuna, a la derecha del balcón del Rey, se levantó un anfiteatro, al cual se ascendía por 25 o 30 escalones, destinado al Consejo de la Inquisición y a los otros consejos de España. Sobre estos escalones y bajo un dosel, había colocado el rostrum del Gran Inquisidor, de manera que se alzaba a mayor altura que el balcón del Rey. A la izquierda de la tribuna y del balcón, se erigió un segundo anfiteatro del mismo tamaño que el primero, en donde habían de comparecer los delincuentes

Al cabo de un mes de haber sido hecha la proclamación del Auto de Fe, se inició la ceremonia con una procesión [que tuvo lugar la víspera, el 29 de junio] en la iglesia de Santa María, con el orden siguiente: la marcha era precedida por cien carboneros, todos armados con picas y mosquetes, ya que ellos proporcionaban la leña con que eran quemados los criminales. Eran seguidos por dominicos, precedidos por una cruz blanca. Luego venía el Duque de Medinaceli, llevando el estandarte de la Inquisición. Después venía una gran cruz cubierta de crespón negro, seguida de varios grandes y otras personas de calidad que eran familiares de la Inquisición. La marcha era cerrada por 50 guardias de la Inquisición, vestidos de negro y blanco y mandados por el Marqués de Povar, Protector hereditario de la Inquisición. Habiendo Marchado la procesión por este orden ante Palacio, se dirigió luego hacia la Plaza, donde el estandarte y la Cruz Verde fueron colocados en la tribuna donde sólo quedaron los dominicos, retirándose los demás. Estos frailes se pasaron parte de la noche cantando salmos, y se celebraron varias misas ante el altar desde el amanecer hasta las seis de la mañana. Una hora más tarde aparecieron en los balcones los Reyes de España, la Reina Madre y muchas damas de calidad.

A las ocho empezó la procesión, siguiendo el mismo orden del día anterior, con la Compañía de Carboneros, que se colocó a la izquierda del balcón del Rey, y formando los guardias a su derecha (el resto de los balcones estaban ocupados por los embajadores, la nobleza y los caballeros). Después vinieron 30 hombres, portando imágenes de cartón de tamaño natural. Algunas de estas representaban a los que habían muerto en prisión, cuyos huesos eran asimismo traídos en baúles, en las que habían pintadas llamas; y el resto de las figuras representaban a los que habían escapado a las manos de la Inquisición y eran proscritos. Estas figuras fueron colocadas en un extremo del anfiteatro.

Tras ellos vinieron doce hombres y mujeres, con cuerdas alrededor de sus cuellos y velas en las manos, con caperuzas de cartón de tres pies de altura, en las cuales se habían escrito sus delitos, o representados de diversas maneras. Iban seguidos por otros 50, que también llevaban velas en sus manos, vestidos con un sambenito amarillo o con una casaca verde sin mangas, con una gran cruz roja de San Andrés delante y otra detrás. Éstos eran delincuentes; quienes (por haber sido ésta la primera vez que eran encarcelados), se habían arrepentido de sus delitos; son condenados generalmente a algunos años de cárcel o a llevar el sambenito, al que se tiene como la desgracia mayor que le puede caer a una familia. Cada uno de estos delincuentes era llevado por dos familiares de la Inquisición. Seguidamente, venían veinte delincuentes más, de ambos sexos, que habían reincidido tres veces en sus anteriores errores y eran condenados a las llamas. Los que habían dado alguna muestra de arrepentimiento serían estrangulados antes de ser quemados; los restantes, por haber persistido obstinadamente en sus errores, iban a ser quemados vivos. Estos llevaban sambenitos de tela, en los que se habían pintado demonios y llamas, así como en sus caperuzas. Cinco o seis de ellos, que eran más obstinados que el resto, iban amordazados para impedir que profirieran frase de doctrinas blasfemas. Los condenados a morir iban rodeados, además de los dos familiares, de cuatro o cinco frailes, que los preparaban para la muerte conforme iban andando.

Pasaron estos delincuentes en el orden arriba mencionado, bajo el balcón del Rey; y tras dar la vuelta a la tribuna, fueron colocados en el anfiteatro de la inzquierda, rodeado cada uno de ellos por los familiares y frailes que los atendían. Algunos de los Grandes, que eran familiares, se sentaron en dos bancos que estaban preparados para ellos en la parte inferior del otro anfiteatro. Los funcionarios del Consejo supremo de la Inquisición, los inquisidores, los funcionarios de todos los otros consejos, y varios otros personajes distinguidos, tanto del clero regular como del secular, todos ellos a caballo, llegaron luego con gran solemnidad y se colocaron en el anfiteatro hacia el lado derecho, a ambos lados del rostrum en que había de sentarse el Gran Inquisidor. Éste fue el último en llegar, vestido de púrpura, acompañado por el presidente del Consejo de Castilla, y, una vez que se hubo sentado, el presidente se retiró. Entonces comenzó la celebración de la misa…

Hacia las doce comenzaron a leer la sentencia a los delincuentes condenados. Primero se leyó la de los que murieron en prisión o estaban proscritos. Sus figuras de cartón fueron subidas a una pequeña tribuna y metidas en pequeñas jaulas hechas con ese propósito. Luego prosiguieron leyendo la sentencia a cada delincuente, quienes, seguidamente, eran metidos uno a uno en dichas jaulas para que todos los conocieran. La ceremonia duró hasta las nueve de la noche y, cuando hubo acabado la celebración de la misa, el Rey se retiró y los delincuentes que habían sido condenados a ser quemados fueron entregados al brazo secular, y, siendo montados sobre asnos, fueron sacados por la puerta llamada Foncaral, y cerca de este lugar a media noche, fueron todos ejecutados.

An authentic narrative of the origin, stablishment and progress of the Inquisition, Londres, 1748, pp. 35-39. Versión resumida de lo escrito por Joseph del Olmo, Relación Histórica del Auto General de Fe que se celebró en Madrid este año de 1680, Madrid, 1680. Según la traducción de María Morrás en el libro La Inquisición española de Henry Kamen, Editorial Crítica, 1999.