[Savage Worlds/Tipos Duros] Wildspring, una reseña histórica

La serie de acción más emblemática de finales de los 80 probablemente sea Wildspring, que seguía los pasos de un grupo de abnegados ciudadanos de la ciudad del mismo nombre, enfrentándose a todos los criminales que la policía no podía manejar y que, probablemente, supuso un antes y un después en la historia de la televisión.

Wildspring empezó a gestarse en la mente de Marvin Smith a principio del año 82, pero la crudeza de algunas de sus premisas y la evidente crítica social que portaban sus guiones hicieron que no consiguiera encontrar producción hasta el 85, después de toparse con la negativa de Stephen J. Cannell o Glen A. Larson, entre otros, que por entonces tenía también una serie de tanto calado como El Equipo A.

Cuatro tipos de aspecto peligroso dentro de un coche.

Tuvo que ser la desconocida productora Margot Carpenter quien decidió arriesgar su dinero e intentó captar a los mejores actores posibles para representar a los emblemáticos Norman Jackson, el veterano de guerra, Frank Castillo, el barman con más secretos del mundo, Charles Lanier, el abogado resentido y cínico, y Elizabeth McCray, la furibunda atleta antigua víctima de maltrato.

Las ideas de Smith y Carpenter para el reparto no podían ser más ambiciosas: David Rasche como Norman Jackson, Tom Selleck como Frank Castillo, Ernie Hudson como Charles Lanier y Kirstie Alley como Elizabeth McCray. Por desgracia las limitaciones económicas y el mayor interés de algunos de los actores (Rasche estaba también en tratos para involucrarse en Sledge Hammer!) hicieron que los personajes principales estuvieran encarnados por los casi desconocidos Mark Buchanan, John Mason, Steven Puente y Rose Green.

El cuarteto final resultó ser un conjunto de actores absolutamente competentes y consiguieron en unos pocos capítulos que Wildspring se convirtiera en una favorita entre las series de acción y humor.

A pesar del bajo presupuesto inicial la serie original contó con un plantel de secundarios y cameos de lujo. Ya en el capítulo piloto (Ruedas y Mataderos, emitido el 2 de octubre de 1986) la bellísima Kelly LeBrock hacía un pequeño papel como víctima de la violenta banda de Los Carniceros movida sólo por la amistad con la actriz Rose Green.

Kelly LeBrock en una de sus más famosas apariciones.
Kelly LeBrock en una de sus más famosas apariciones. Así, en grande, que se la vea bien.

Tras el descomunal éxito inicial y el aumento del caché de la serie el número de personalidades famosas que hicieron aparición fue de auténtica avalancha: Ernst Borgnine hizo varias apariciones como viejo amigo de Frank Castillo y mecánico de aviación, un muy joven Christian Slater hizo un corto papel como ladronzuelo hacia la mitad de la primera temporada, Jonathan Ke Quan apareció en un capítulo como el hijo desconocido de Norman Jackson, Sylvia Kristel interpretó a una contable de la mafia en un capítulo de la tercera temporada e incluso Kathleen Turner hizo un pequeño cameo como la hermana de Elizabeth McCray. Por no hablar de Edward Mulhare, que apareció durante la segunda temporada como el contacto con El Comité pero que abandonó la serie al ser acusado de encasillarse en un tipo de papel.

Otros actores célebres que aparecieron fueron un , por aquel entonces, desconocido Samuel L. Jackson, Roddy Piper, Ally Shedy, Andre Gower o Debbie Allen. Y, si hay que hacer caso a la leyenda el mismísimo Chuck Norris era el soldado a quien Norman Jackson se ve salvando la vida en un flashback durante el episodio Acorralados en combate de la cuarta temporada.

Un combate en el río al borde de la selva.

Wildspring era hija de su tiempo y durante sus primeras temporadas tuvo un clásico desarrollo procedimental, aunque los guiones se demostraron más sólidos que lo habitual. A partir de la tercera temporada se convirtió en una serie pionera al incluir arcos argumentales que se extendían de manera completa a lo largo de varios capítulos, llegando a consumir hasta la 19 de los 24 capítulos de la cuarta temporada la celebrada historia de “el depredador de la jungla de cristal”.

[Tipos Duros] Gunn

– ¡¿Qué es eso de que Gunn no está en su habitación?!

Los monumentales gritos del capitán Frederickson hicieron que el sargento detective Turner se separara el teléfono del oído e incluso una enfermera mirara al pequeño celular con sorpresa.

– ¡Siete disparos en el cuerpo, maldita sea! ¡Siete disparos en el cuerpo! ¡No puede desaparecer! ¡Encuéntralo o no vuelvas por el departamento!

Turner suspiró con los ojos puestos en el techo del pasillo y metió con sumo cuidado el teléfono en el bolsillo de su chaqueta de raya americana marrón, mientras el capitán seguía berreando y maldiciendo al otro lado de la línea. Volvió a mirar al interior de la habitación mesándose el tupido mostacho.

No había sangre ni signos de violencia. Los electrodos de los diferentes aparatos estaban dejados delicadamente sobre las sábanas de la cama y no había señales de Gunn por ningún lado.

Escuchó pasos apresurados a su espalda y se giró para encarar a otra enfermera, que cargaba una docena de historiales.

– Disculpe, pero creo que aquí falta algo. ¿Cómo se llama ese perchero con ruedas que usan para poner esas bolsitas de líquido a los enfermos?

– Portasueros – respondío con sequedad -, agente.

– Pues alguien se lo ha llevado.

La enfermera se encogió de hombros y prosiguió su camino mientras a él se le perdía la vista en el infinito. Gunn tenía que haber ido a algún lado, pero ¿dónde?. Comenzó a recorrer los pasillos, observando con toda su entrenada atención cada resquicio y a cada persona. El detective Thomas Gunn había sido tiroteado hacía apenas dos días mientras desarticulaba en solitario una red de trata de blancas y enviado al depósito a media docena de responsables. Era imposible que hubiera ido muy lejos, y sin embargo mientras cubría con la mirada cada recoveco del hospital, menos entendía dónde podía haber ido a parar aquel hombre.

Turner, cabizbajo y abatido, terminó saliendo a paso lento por la puerta sur del enorme edificio del Hoover Memorial Hospital. Allí, a cuatro grados bajo cero, había un hombre enorme inclinado sobre el encendedor que le ofrecía una oronda y sonriente religiosa. El tipo llevaba puesto sólo la bata del hospital, que apenas podía contener toda su masa muscular, el pelo cortado a cepillo y llevaba el portasueros cogido con una mano mientras con la otra sostenía un grueso puro que humeaba como una chimenea industrial.

– Gracias, hermana, es imposible encontrar fuego en este condenado hospital.

Maldito Gunn.