Opinión personal sobre los retroclones

El tema de los retroclones es una de las cosas que ha hecho correr más ríos de tinta en los últimos tiempos por los diferentes lugares en que me he movido, imagino que en nuestro país incentivado también en buena parte por el éxito que ha cosechado La Marca del Este. Pues sí, pues no, son simples de manejar, usan sistemas de juego arcaicos, apelan a la nostalgia más que a la calidad, etcétera.

Vaya por delante como anotación que los retroclones no son una cuestión exclusiva de los juegos de rol, ni de D&D. Ahí tenéis ejemplos ya de años de antigüedad con el Mini Cooper en el ámbito automovilístico o el éxito de los videojuegos de estilo totalmente 8bits como Super Meat Boy en tiempos bastante más recientes.

Yo tengo sensaciones enfrentadas con el tema del retroclonismo. Me explico. Por un lado me resulta liberadora la aparente sencillez que lo envuelve todo, los sistemas de reglas sin complejidades desmesuradas y sin pretender tener un perfecto calco de la realidad, la simplicidad de las aventuras y probablemente la acción más directa. Eso me permite tener una catársis de diversión directa y “en bruto”, sin complicaciones ni limitaciones que en otros entornos llegan a ser un estorbo.

Lo que veo que pierdo con el ámbito retro son, con demasiada frecuencia, los sistemas de reglas avanzados (no por complejidad, sino por depurados y aptos para toda situación sin retapadillos), así como el énfasis que se ha ido desarrollando a lo largo de los años hacia aventuras más complejas a nivel narrativo y potenciando los aspectos más distantes del combate, añadiendo intriga, suspense y cuestiones sociales como una dimensión más.

Si tuviera que compararlos con el cine, haría la equiparación entre Los Mercenarios (Expendables) y El silencio de los corderos. El silencio de los corderos es un ejercicio narrativo de una madurez tremenda, tocando temas y personajes de moral brutalmente gris, donde la violencia no es física y la tensión es emocional. Divierte y entretiene por el maremágnum psicológico, pero puede llegar a ser agotador.

Habrá quien diga que Los Mercenarios (y los retroclones) adolecen de falta de calidad y desarrollo, y puede que en algún caso sea cierto, pero la parte que a mí me gana es la diversión inmediata, sin complicaciones, directa al grano, que disfrutas como un enano con frutos secos y refrescos en la mesa, hasta dando saltos de alegría cuando ensartas el corazón del dragón. Un auténtico placer que, si bien tal vez con el tiempo sientes que echas en falta algo con “más sustancia”, siempre mantiene su capacidad de liberación de las complicaciones habituales.

Es que al final, lo que prima sobre todo lo demás, es siempre la diversión.