Desafío 30d, día 24: La sesión que menos ha durado

Creo que la he nombrado ya unas cuantas veces como uno de los hechos más lamentables en todo el tiempo que llevo jugando rol. Es el intento de partida de Zombie AFMBE en que, intentando hacer el principio de una campaña de supervivencia a largo plazo que se planteaba desde el primer día de la invasión zombie, un jugador decidió que aquello era demasiado aburrido y procedió a reventar la partida desde dentro, faltando primero al concepto de personaje, después a la diversión del resto de jugadores (a los que sí les atraía la idea) y por último a mi trabajo.

Lo que más me jodió fue el mal regusto que quedó del juego, a pesar de que la culpa la tuviera un jugador concreto. En dos ocasiones he visto que ocurría eso (dos jugadores que se aburrían y decidían dinamitar la diversión ajena por gusto) y a los dos jugadores les eché la cruz.

En este caso (que me estoy yendo por las ramas rencorosas) la partida no pasó ni de los tres cuartos de hora. Triste y lamentable como pocas cosas.

Desafío 30d, día 23: La sesión que más ha durado

En mis grupos de juego nunca hemos sido de pegarnos sesiones maratonianas de jugar (ni siquiera con juegos de estrategia, como cuando intentábamos jugar las batallas de Warhammer 40000 más grandes posibles allá en la época de la 2ª edición), así que no hay mucho donde elegir.

La única candidata a partida “muy larga” que me viene a la cabeza fue una partida que jugamos en la madrugada de un Viernes Santo, rondando el año 96 seguramente. Empezamos cerca de la una de la madrugada y dejamos de jugar (ya por abandono de buena parte de los jugadores, que estaban para el arrastre) a eso de las 10 de la mañana del sábado.

Era una partida de Vampiro La Mascarada (primera edición) y además batimos el propio record de asistencia que hubiera por aquí: como si nos lo hubiéramos propuesto para las fechas, nos reunimos doce jugadores y un DJ. Una cosa muy espectacular en cuestión numérica que, tengo que decirlo, es bastante inmanejable a nivel de partida (y en cuestión de Vampiro, una patada directa al trasfondo).

Nunca repetiré experiencia de intentar dirigir a tantos jugadores a la vez, ni permitir que en mi mesa se siente ningún jugador con síndrome de attention whore.